Hubo varias veces en mi vida en las que estuve 5, 6, hasta 8 meses sin menstruar. Nunca había llegado al año. Hasta que pasó.
Y ahí empezó una peregrinación bastante interminable: conocí alrededor de 16 médicos entre ginecólogos, endocrinólogos, hematólogos y especialistas en fertilidad. Fui a tres especialistas en fertilidad, incluso sin estar buscando un embarazo en ese momento, simplemente porque quería entender si realmente había algo que pudiera hacer para mejorar mi ciclo.
Y escuché de todo.
Que era irregular.
Que podía ser la tiroides.
Que tenía ovarios poliquísticos.
Que podía ser consecuencia del estrés y la angustia laboral.
Hasta apareció la posibilidad de que hubiera algo en el hipotálamo que investigar.
Y mientras tanto, yo seguía sin menstruar.
Es verdad que mi tiroides tuvo muchísimo que ver en algunos momentos. De hecho, hubo veces en las que, al ajustar la medicación tiroidea, mi menstruación reapareció. Pero después volvía a desaparecer. Y yo sentía que nadie terminaba de mirar todo junto.
Ya habían pasado 13 meses sin menstruar.
Y ahí llegaron las frases que más miedo me dieron: que probablemente me costaría quedar embarazada —sin haberlo intentado jamás— y que, si algún día quería ser mamá, quizás tendría que pensar directamente en un tratamiento de fertilidad.
Imaginate lo que significaba escuchar eso.
Finalmente acepté algo que durante muchísimo tiempo había dicho que no quería hacer: empecé a tomar anticonceptivos.
Y ahí empezó otra historia
Los tomé aproximadamente un año y medio. Aunque debo confesar que los tomaba bastante mal: hubo meses en los que directamente no los tomé. Jijiji.
Pero más allá de eso, recuerdo esa época como un período bastante oscuro.
Angustia. Frustración. Una sensación rarísima de no reconocerme.
YO. MAR. ESTABA TOMANDO LO QUE SIEMPRE HABÍA DICHO QUE NO QUERÍA TOMAR: PASTILLAS.
Y había algo que en ese momento yo no había entendido del todo: sangrar tomando anticonceptivos no significa haber recuperado un ciclo menstrual natural.
Los anticonceptivos inhiben la ovulación mediante hormonas sintéticas. El sangrado que aparece durante los días de descanso o placebo es, generalmente, un sangrado por deprivación hormonal. Es decir: podés sangrar todos los meses y, sin embargo, eso no significa que tu eje hormonal haya recuperado por sí mismo la ovulación que antes no estaba ocurriendo.
Y para mí entender esto fue enorme.
Porque durante mucho tiempo pensé: listo, me vino, estoy regulada.
Pero yo no sentía que estuviera regulada. Sentía que estaba tapando algo que todavía no entendía.
Mi experiencia fue otra.
Yo sentía que me había apagado.
Me sentía triste, sin vitalidad, desconectada de mí misma. Tenía una especie de nube negra adelante de los ojos. Es difícil explicarlo porque no era literalmente no poder ver: era sentir que no podía ver mi vida. Como si todo estuviera detrás de un vidrio oscuro.
Hasta que un día me cansé.
Las dejé
No porque tuviera todas las respuestas. Todo lo contrario.
Las dejé porque quería descubrir qué estaba pasando con mi cuerpo sin silenciarlo.
Y sí: también escuché muchísimo miedo alrededor de esa decisión. Incluso un médico llegó a hablarme de riesgo de cáncer de útero si continuaba sin tomarlas. Hoy entiendo que detrás de aquella frase había algo real que necesitaba seguimiento médico —cuando no hay ovulación durante períodos prolongados, dependiendo de la causa, el endometrio puede necesitar control—, pero la forma en la que me fue transmitido fue aterradora.
Yo no necesitaba que me asustaran.
Necesitaba entender.
Así que decidí empezar a estudiar mi cuerpo.
Estudié plantas medicinales. Empecé a conocer adaptógenos. Fui a retiros y conocí mujeres que habían pasado por historias increíblemente parecidas a la mía. Empecé a estudiar el ciclo menstrual y a observar mis propios patrones.
Y, sobre todo, entendí algo que hoy atraviesa absolutamente todo lo que hago:
el cuerpo no funciona por partes.
Mi ciclo no era solamente “mis ovarios”.
También estaban mi tiroides, mi alimentación, mi disponibilidad de energía, mi descanso, mi estrés, mi sistema nervioso, mi historia y el momento que estaba viviendo.
Empecé entonces a cambiar muchas cosas.
Y acá hay algo que para mí fue clave: dejé de copiar hábitos solamente porque estaban de moda.
Entendí que no todas necesitamos lo mismo.
Por ejemplo, dejé de pensar que cuanto más horas pudiera ayunar, mejor. En algunas mujeres —especialmente cuando existe amenorrea, mucho ejercicio, estrés o una ingesta energética insuficiente— comer demasiado poco o pasar períodos prolongados sin suficiente energía puede interferir con las señales hormonales que participan en la ovulación.
Para mí, desayunar, comer suficiente, nutrirme y dejar de vivir intentando restringir fue parte del camino.
También empecé a mirar el estrés de otra manera.
Porque nuestro ciclo menstrual no está aislado de lo que nos pasa. El cerebro participa constantemente en la comunicación hormonal que permite que ocurra la ovulación. El hipotálamo, la hipófisis y los ovarios forman un eje que necesita recibir determinadas señales para funcionar.
Y ahí entendí algo hermoso: menstruar no era solamente “que me viniera”.
Primero tenía que recuperar algo mucho más importante:
ovular.
OVULAR ES VITALIDAD. ES VIDA. ES SENTIRSE BIEN Y PLENA.
¿Cuánto tardé?
Aproximadamente seis meses hasta empezar a menstruar nuevamente con cierta regularidad.
No hubo una planta mágica.
No hubo un suplemento mágico.
No hubo un alimento mágico.
Fue un proceso.
Las plantas fueron una parte enorme de mi camino. La alimentación también. Aprender sobre mi ciclo, bajar determinadas exigencias, comer de acuerdo con lo que mi cuerpo necesitaba, revisar el estrés y empezar a observarme en lugar de pelearme conmigo. Y poco a poco mi cuerpo empezó a responder.
Y después llegó Clara
Hay una parte de esta historia que inevitablemente me emociona.
Porque después de tantos consultorios, tantos diagnósticos posibles, tantas frases que me hicieron sentir que quizás mi cuerpo no iba a poder…
Clara está acá. En el primer intento ¿Loco, no?
Ese milagrito llegó.
Y no cuento esto para decir que si hacés exactamente lo que hice yo vas a quedar embarazada. La fertilidad es muchísimo más compleja que eso y cada historia merece ser estudiada individualmente. Lo cuento porque durante mucho tiempo sentí que mi cuerpo era un problema que había que corregir.
Y después entendí que primero tenía que aprender a escucharlo.
Por eso armé esta nota.
Para la que lleva meses sin menstruar.
Para la que salió de un consultorio muerta de miedo.
Para la que siente que nadie termina de explicarle qué está pasando.
Para la que está intentando recuperar su ciclo.
Para la que quiere ser mamá. Y también para la que no quiere serlo, pero quiere sentirse conectada con su cuerpo.
No te digo que abandones médicos. Todo lo contrario: buscá profesionales que investiguen la causa de tu amenorrea y que puedan acompañarte de verdad.
Pero tampoco te quedes únicamente con una sentencia.
Preguntá. Investigá. Aprendé cómo funciona tu ciclo. Alimentate. Descansá. Observate. Pedí otra opinión cuando algo no te cierre.
Porque recuperar mi menstruación no fue solamente volver a sangrar una vez por mes.
Fue recuperar mi ovulación, mi ciclicidad y una parte de mí que durante muchísimo tiempo sentí dormida.
Y después de todo aquel miedo sobre mi fertilidad, apareció ella.
Clara.
Y ahí entendí que mi historia con el ciclo ya no era solamente una historia que quería guardar para mí.
Era una historia que quería contar.